EL LATIDO DE LA TIERRA


El viejo Ruben había desarrollado un truco, o eso le gustaba pensar mientras se sentaba en un banco en la Plaza de Mayo, para observar a los turistas fotografiar la Casa Rosada. La clave, le había revelado una vez a su amigo Pedro, es la resonancia Schumann.

​No era un truco de magia, ni una fórmula arcana creada por un alquimista, era simplemente escuchar. El viejo sintonizaba el latido de la Tierra, Pedro no entendía de que hablaba pero le seguía la corriente. Ruben le explicaba, ese es el  zumbido que solo nosotros, los que hemos vivido lo suficiente, podemos oír,  los más jóvenes están demasiado ocupados con sus teléfonos para notarlo.

​Y era cierto. A medida que se extendía el rumor que los días duraban tan solo 16 horas, la ciudad se volvía una espiral de frenesí. La gente corría, las alarmas sonaban a las tres de la madrugada y las luces del subterráneo nunca se apagaban. La juventud estaba perdida en un mar de tareas ininterrumpidas, sus rostros iluminados por las pantallas y sus mentes atrapadas en un bucle de ansiedad perpetua.

​Pero no el anciano. Él, de alguna forma, había escapado del engranaje del tiempo. Al sintonizar la frecuencia terrestre lograba que el mundo a su alrededor se ralentizara. Esas 16 horas volvían a sentirse como 24. Los atardeceres eran largos y dorados, las mañanas frescas y tranquilas. Mientras el resto de la ciudad se ahogaba en un caos, él se sentaba en el parque, disfrutaba de un mate, una conversación o simplemente del silencio.

​El joven nieto de Ruben, lo visitó un día. Tenía ojeras, su camisa estaba arrugada y sus ojos, cansados. —Abuelo, ¿cómo puedes con esto? Estoy exhausto. Los días se sienten tan cortos—, le dijo, casi sin aliento.

Ruben sonrió, era una sonrisa de vejez, llena de arrugas que eran simplemente el mapa de los años. —No son cortos, hijo. Simplemente tienes que saber cómo estirarlos—. Tocó la mano del joven. —Escucha. Más allá del ruido de los autos y la gente, ¿no oyes algo?—.

​El joven aguzó el oído, se sentía confundido. No oía nada. Pero entonces, mientras Ruben cerraba los ojos, sintió un leve zumbido. No en el aire, sino en la tierra, subiendo por el cemento del banco, a través de la mano de su abuelo y hasta la suya. 

Era un murmullo grave y constante, era el latido del planeta. Y por un instante, el frenesí de Buenos Aires pareció desvanecerse ya que en esa pausa, las 16 horas se sintieron suficientes.

HISTORIAS CON UN ESPEJO - EL FANTASMA DE SU HUMANIDAD



Una mañana, el sol de septiembre entraba por la ventana, Juan se sentía particularmente bien. La niebla mental que lo había acompañado los últimos días se había disipado. Se levantó con una agilidad que no reconocía y se detuvo frente al gran espejo de su cómoda. 

Lo que vio al principio fue su reflejo habitual, un hombre de treinta y pocos años, de ojos cansados y la típica barba de tres días. Sonrió y se inclinó para peinarse el cabello con los dedos pero su mano se detuvo... su reflejo se desvanecía. Sin ser una distorsión del cristal, ni un truco de la luz, notó una erosión lenta y metódica, como si una mano invisible estuviera borrando su silueta con un borrador. El contorno de su cabeza se volvió translúcido, luego el de sus hombros, los trazos de su rostro se desdibujaban en una niebla gris, dejando solo el brillo de sus ojos que parecían flotar en el vacío.
Juan estiró una mano hacia el espejo, pero su imagen se desvaneció por completo. Ya no había nadie. Solo la pared de su dormitorio reflejada.

El temor lo hizo volverse hacia la ventana pero el sol se transformó en una daga, sintió un dolor punzante como de mil agujas al rojo vivo. Retrocedió con un grito atrapado en su garganta, tropezando con la mesita de noche. Su mano se cerró instintivamente sobre las cortinas jalándolas con una fuerza que no creyó posible, cerrando de un golpe la entrada de la luz.

De repente todo había cambiado, sumiendo la habitación en la oscuridad Juan se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo, tenía la respiración entrecortada y un nudo de terror en el estómago, en él solo quedaba el eco de la voz suave y seductora de Jana, la desconocida del bar, quien con su rostro exótico y aquella mirada hipnótica cautivó a Juan haciendo que el placer y el dolor por momentos fuesen solo uno... y así se dejó morder.

Se alejó del espejo sabiendo que ya no tenía vuelta atrás, esta se había desvanecido como el recuerdo de esa hermosa mujer.
El sol de la tarde se filtraba entre las cortinas cerradas y Juan se encontraba sentado en el suelo de la habitación. La maldición de la inmortalidad había caído sobre él. En ese momento, en la oscuridad, supo que la verdadera agonía no sería la sed o la soledad, sino el fantasma de su humanidad.