2012


En el horizonte de un antiguo México, donde la bruma acariciaba las montañas, surgieron los gigantes. De piel iridiscente y ojos de estrellas muertas, llegaron en naves que resonaban como truenos. Su presencia era un eco de locura, y al descender, la tierra temblaba bajo sus pies, como si la misma realidad se retorciera ante su llegada. Enseñaron a los pueblos a erigir pirámides de piedra y obsidiana, estructurando sus ciudades como altares a su grandeza. Los hombres, fascinados y temerosos, ofrecían sacrificios a estos colosos, cuyos susurros impregnaban el aire con promesas de poder.

A cambio, los gigantes otorgaban sus conocimientos: el arte del maíz, la astronomía y técnicas de construcción que desafiaban el tiempo. Sin embargo, en su corazón, ocultaban un oscuro secreto: estaban aquí solo hasta el alba de un cataclismo que barrería su mundo y el de los mortales. Con cada sacrificio, alimentaban su poder, y en noches de luna llena, los gritos de los elegidos resonaban como un canto de dolor y reverencia.

A medida que se acercaba el fin de su tiempo , los rituales de sangre se volvieron más urgentes, un último clamor para mantener a los dioses satisfechos. En la víspera de la gran catástrofe, un temblor hizo vibrar las pirámides; y las estrellas se alinearon en un presagio eterno. Los gigantes, conscientes de que su tiempo estaba agotado, levantaron la mirada hacia los cielos y, uno a uno, se desvanecieron, dejando un eco de promesas inciertas.

Así, partieron hacia el abismo del espacio, dejando tras de sí solo la profecía de su regreso. “Cuando la sombra cubra el sol y la sangre llene los ríos, regresaremos a reclamar lo que es nuestro”. Y así, los hombres supieron la fecha grabándola en la misma piedra, mientras en el susurro del viento hace eco una advertencia: el tiempo es un ciclo y el sacrificio, un eterno llamado a las estrellas, el destino inscrito en las piedras resonará en los sueños de aquellos que aún recuerden. La historia se convirtió en mito, y el temor latente en el corazón de los hombres se transformó en un eco de locura que aguardaba el regreso de los colosos, trayendo consigo un nuevo amanecer o el ocaso de la humanidad.