HISTORIAS CON UN ESPEJO - EL FANTASMA DE SU HUMANIDAD



Una mañana, el sol de septiembre entraba por la ventana, Juan se sentía particularmente bien. La niebla mental que lo había acompañado los últimos días se había disipado. Se levantó con una agilidad que no reconocía y se detuvo frente al gran espejo de su cómoda. 

Lo que vio al principio fue su reflejo habitual, un hombre de treinta y pocos años, de ojos cansados y la típica barba de tres días. Sonrió y se inclinó para peinarse el cabello con los dedos pero su mano se detuvo... su reflejo se desvanecía. Sin ser una distorsión del cristal, ni un truco de la luz, notó una erosión lenta y metódica, como si una mano invisible estuviera borrando su silueta con un borrador. El contorno de su cabeza se volvió translúcido, luego el de sus hombros, los trazos de su rostro se desdibujaban en una niebla gris, dejando solo el brillo de sus ojos que parecían flotar en el vacío.
Juan estiró una mano hacia el espejo, pero su imagen se desvaneció por completo. Ya no había nadie. Solo la pared de su dormitorio reflejada.

El temor lo hizo volverse hacia la ventana pero el sol se transformó en una daga, sintió un dolor punzante como de mil agujas al rojo vivo. Retrocedió con un grito atrapado en su garganta, tropezando con la mesita de noche. Su mano se cerró instintivamente sobre las cortinas jalándolas con una fuerza que no creyó posible, cerrando de un golpe la entrada de la luz.

De repente todo había cambiado, sumiendo la habitación en la oscuridad Juan se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo, tenía la respiración entrecortada y un nudo de terror en el estómago, en él solo quedaba el eco de la voz suave y seductora de Jana, la desconocida del bar, quien con su rostro exótico y aquella mirada hipnótica cautivó a Juan haciendo que el placer y el dolor por momentos fuesen solo uno... y así se dejó morder.

Se alejó del espejo sabiendo que ya no tenía vuelta atrás, esta se había desvanecido como el recuerdo de esa hermosa mujer.
El sol de la tarde se filtraba entre las cortinas cerradas y Juan se encontraba sentado en el suelo de la habitación. La maldición de la inmortalidad había caído sobre él. En ese momento, en la oscuridad, supo que la verdadera agonía no sería la sed o la soledad, sino el fantasma de su humanidad.