LOS OJOS BLANCOS

Tenía los ojos blancos, tan blancos como el mismo mármol que la rodeaba, solamente unos destellos de luz entraban por diminutas grietas en la cripta. Se sentía liviana, como si las pesadas losas del tiempo hubieran renunciado a su dominio. Creyendo por un momento que podía volar, pero ni lo intentó. Comprendía que algo trágico había pasado, que una luz se había extinguido, que ese era el final del túnel. Su memoria era un laberinto de sombras, donde los ecos de su existencia se entrelazaban entre sí, susurros de un pasado casi olvidado. Sintió que una lágrima corría por su rostro, pero era solo un insecto alimentándose de la putrefacción de su cuerpo, una grotesca broma de la naturaleza.

En su confusión, pensó en el polvo de los años y en las cenizas de los sueños que una vez habían ardido. Otra alma errante desplazándose entre las ruinas de lo que había sido, un destino fatal que se convirtió en claustro para toda la eternidad.

En un instante todo cambió, el eco del silencio se quebró con el sonido de un metal frío, la losa cedió con un crujido. La luz se filtró por las grietas bañando de un fulgor surrealista los ángulos oscuros de la cripta. Era una luz que no estaba destinada a los vivos, era un resplandor que hablaba de verdades ocultas, de secretos que incluso en muerte, debían permanecer inalterados.

Fue entonces cuando la cripta se transformó en un lugar distinto, la brisa le acarició el rostro como un delicado susurro de vida. Sentía cómo la esencia misma de la existencia fluía a través de ella, como un río que atraviesa los desiertos de la olvidada memoria.

Sin embargo, el hombre, aquel que había desencadenado la magia, comenzó a retroceder horrorizado ante la visión de ese ser que había creído estéril y muerto. En su mirada, se reflejó el terror que todos sienten ante lo desconocido.

Ella podía notar que los sentidos se agudizaban en su renacimiento. Podría ver el rocío impregnado de la mañana, sentir el perfume del campo fresco. Pisar el blando manto de la hierba bajo los pies, el sudor y la tierra mezclándose en la sanguínea ceremonia de la vida.

Comprendía que la libertad conllevaba inevitablemente una carga. Con cada latido vital que sentía, las voces lejanas de aquellos que habitan en la luz y la sombra resonaban en su mente, como un coro de almas atrapadas entre realidades, una sinfonía de seres que habían abrazado tanto la vida como la muerte.

El hombre se mostraba cada vez más distante, el pobre incauto sentía que su alma lo abandonaba, fue entonces que ella se aferró a ese momento de resucitación tomando lo que la magia le ofreció, esa oportunidad de nacer en otro cuerpo con el solo deseo de vivir. Y así sus ojos dejaron de ser blancos. 

EL ESCAPARATE


Nadie entraba a la tienda ese domingo. Afuera, el mundo hervía de incredulidad. Desde temprano, la radio repetía el mismo boletín: “Las Naciones Unidas confirman que la Tierra es plana.” Como quien escucha una broma de mal gusto, algunos rompían libros, otros lloraban en silencio, y unos pocos comenzaban a mirar el horizonte con desconfianza.

Pero en el local de antigüedades de la calle Libertad, el silencio se había roto por algo distinto. El vendedor, un hombre mayor con la paciencia que solo el polvo acumulado sobre estanterías de madera puede dar, se detuvo frente al escaparate. El objeto que exhibía, una pequeña urna de vidrio colocada entre sellos de la época colonial y relojes de cuerda sin tic-tac, vibraba levemente como si reaccionara al anuncio.

Dentro, una pequeña maqueta circular representaba lo que parecía una Tierra en miniatura. Había océanos, montañas diminutas, y grupos de seres simiescos que caminaban erguidos, construyendo, peleando, evolucionando. El vendedor se había encariñado con la pieza desde que llegó, décadas atrás, traída por un coleccionista excéntrico.

Al principio pensó que era una obra artística de algún surrealista olvidado. Pero a medida que pasaban los años, la maqueta parecía cobrar vida. No sabía cómo explicarlo, pero en fechas clave de la historia humana, algo cambiaba en ese pequeño mundo. Cuando se construyó el muro de Berlín, una de las ciudades en miniatura se derrumbó. Cuando se transmitió el alunizaje, diminutas criaturas construyeron una torre plateada apuntando al cielo.

Y ahora, ese domingo 23 de agosto de 1970, tras el anuncio que tambaleó las bases del conocimiento humano, el vendedor simplemente comprendió que no estaba viendo una maqueta, estaba viendo su mundo.

Sintió vértigo. Se aferró al mostrador. Los científicos allá afuera gritaban traición, los libros se desintegraban en hogueras, y él sólo podía mirar esa pequeña urna como quien contempla el universo por primera vez.

“Que risa, cuando se den cuenta que además de plana, está en el escaparate de esta tienda…” pensó con amarga dulzura mientras sus ojos brillaban con una mezcla de pavor y ternura. Pero no se atrevió a tocar el vidrio por temor a que se rompiera la ilusión o el mismísimo mundo, porque él sabía que un día, algún ser llegaría a interesarse en tan diminuta colonia de monitos. Y cuando eso pasara, podría no quedar rastro de este mundo, ni de su tienda, ni de su mirada curiosa detrás del vidrio.