PLATA INÚTIL

El ladrón los redujo en segundos, la luna llena iluminaba la sala. Una vez abierta la caja de seguridad solo encontró un revólver y una bala de plata. Iracundo giró para reclamar dinero, vió únicamente a la mujer. No tuvo tiempo de nada más, el lobo dió un salto y de un mordisco desgarró su cuello. 

LOS SÍMILES


Bajé del colectivo en la puerta de una verdulería. Había cuatro personas allí, la verdulera y tres figuras que me resultaron extrañamente idénticas. No le di importancia. 
Observando que no venían autos crucé ahí mismo. Hice los veinte metros que me separaban hasta la esquina, y al doblar, vi a una mujer caminando con su mascota. Ella me miró, su rostro era igual al de los otros. Caminé unos pasos más y el portero del edificio también me veía con esa misma cara, no comprendía qué estaba pasando.
Una mujer con un niño me preguntó por Plaza Congreso. Le indiqué la dirección sin mirarla a la cara, pero al ver el rostro del niño, me dió miedo. Era idéntico.
El aire se volvió denso, cargado de una quietud antinatural. Cada rostro, cada gesto, parecía haber sido extraído de un mismo molde, todas máscaras sin alma. Comencé a notar que los colores se volvieron apagados, los sonidos se mezclaron en un zumbido constante y opresivo. Sentí una presión interna, como si mi propia identidad estuviera siendo borrada, reemplazada por esa uniformidad inquietante.
Corrí a la vidriera de un negocio de antigüedades buscando un espejo, pero mis pasos se sintieron pesados. El miedo se transformó en pánico, La mujer con el niño se alejaban, fue entonces que la realidad se rompió, las líneas entre lo real y lo ilusorio ya no existian. Un agudo zumbido se intensificó hasta convertirse en dolor a ambos lados de mi cabeza. Sentí que mis pensamientos se alejaban mientras que la sensación de ser observado se hacía insoportable. 
Me rendí, dejé de luchar contra la inmersión, así el último sonido que escuché fue solo un débil latido, al punto que solo sentía el ritmo acelerado de mi corazón.
El olor a desinfectante fue lo primero que captó mi conciencia. Mis ojos se abrieron con dificultad al intentar enfocar el techo. Estaba en una habitación blanca donde el silencio era absoluto, un ambiente frío y estéril. Observé la puerta abierta, ésta era de madera pesada, marcada con un número, eso llamó mi atención.
Entonces me di cuenta que no había regresado a casa, que había arribado a este extraño lugar, en el que solo puedes conservar algunos fragmentos del pasado, me sentí atrapado dentro de un cubo, acaso esta era una prisión dentro de mi propia mente?... 
Allí me encontraba yo, reemplazando las caras de quienes me rodeaban, cambiándolas por aquella imagen vacía y carente de expresión. Aquella máscara sin alma era mi rostro. 

LA RANA Y EL ESCORPIÓN

Aguardaba la rana impaciente en la orilla del río, el desenlace amoroso la había acabado, era inútil, carecía del valor de hundirse hasta el fondo. 
Hasta que un escorpión le pidió ayuda para cruzar, accedió. Allí descubrió que a veces la solución depende de la naturaleza del otro.

EL DIA QUE NO HUBO MÁS PALABRAS


Aquella mañana no fue normal. Algo tremendo había pasado. Un eclipse, un cometa, un escape químico, la contaminación, un experimento secreto del gobierno, o quizá solo magia. Nunca supimos la causa, pero algo hizo que la Tierra se callara. Fue como si el lenguaje se hubiese esfumado, un castigo que no entendíamos.

La prueba más clara estaba en los libros. Los encargados de las bibliotecas vieron, con un escalofrío, que las páginas de todos los volúmenes estaban vacíos. Las letras impresas, manuscritas, los jeroglíficos antiguos, todo se había deshecho, dejando solo hojas de papel en blanco.

Las biromes y lápices seguían funcionando, pero no servían para escribir. Solo hacían dibujos sin sentido, garabatos bonitos pero sin significado. La palabra había perdido su conexión con la realidad. En la radio, la música sonaba, pura melodía y ritmo, pero las canciones no tenían letra, solo eran un ruido organizado. Las señales de la calle y los carteles de negocios no eran más que chapas de colores, maderas o cartones. El mundo se convirtió en una hermosa fachada sin significado.

Al principio, el lenguaje de señas, los gestos más instintivos se volvieron el nuevo modo de hablar. Pero no fue suficiente. Mucha gente no entendía y muchos otros, por orgullo o simple terquedad, no querían aprender, asi siempre ha sido la historia de la humanidad.

Esto no era el fin del mundo sino un reinicio, obligados a vivir sin símbolos ni lenguaje compartido lo único que nos quedaba era la memoria. La memoria de los poemas, de los chistes, de las historias que ya no podíamos leer ni contar y que solo existían dentro de nuestra cabeza.

Los pocos que pensaban mucho creían que esto era una purificación. Un ser divino, cansado de nuestras mentiras y de nuestro mal uso de las palabras, nos había quitado la herramienta. Cada persona era ahora una biblioteca ardiente, pero solo de uso personal e incomunicable.

Una pregunta flotaba en el aire, podríamos, solo con gestos y recuerdos individuales volver a construir el lenguaje?. Mientras tanto, el susurro silencioso de nuestra mente quizá nos vuelva completamente locos. 

LA ANARCOCRACIA DEL HIELO



El viento blanco resoplaba las paredes de la vieja estación polar, una base de investigación abandonada que ahora servía de morada helada. El sol de medianoche se cernía sobre el horizonte, proyectando sombras en el blanco infinito de la Antártida.

Un astuto pingüino emperador de nombre Reivax era el orador. No era el más grande, pero su pico brillaba con la convicción del experto. Estaba subido a un antiguo trineo de carga oxidado, el "Podio de la Razón", según lo había bautizado. Frente a él, se apiñaba una multitud, miles de pingüinos de distintas colonias, focas con miradas escépticas, lobos con bigotes prominentes, más allá, en las aguas cercanas, un par de ballenas azules, inmensas, silenciosas y otras francas, todos escuchando con la atención que brinda conocer las profundidades.

Compatriotas del casquete!, graznó Reivax, su voz se amplificaba por la cámara de resonancia que formaba el hielo. Como lo hicieran nuestros hermanos en su granja de tierra firme, hemos logrado expulsar a los humanos, los que contaminaban con sus máquinas y nos imponían sus cuotas de pesca con esas estúpidas reglas de conservación. Ya no están, se fueron y ahora la estación es nuestra, tenemos la libertad total para gobernar nuestros destinos. 

Bienvenidos al Círculo Antártico Libre, un murmullo de aprobación recorrió a los pingüinos. La expulsión del humano había resultado caótica, era el triunfo de la masa enardecida y la violencia contra unos pocos investigadores y científicos mal pertrechados.

Los antiguos sistemas, liderados por el viejo oso Rencrik que por decisión mía, dijo Reivax, ya migró, nos hablaban de regulaciones, repartos equitativos y la tiranía del bien común. Todas mentiras!, gritó Reivax, batiendo sus aletas con inusitada energía. Nosotros creemos en la autopropiedad absoluta. Si has cazado un kril, es tuyo. Si has encontrado una roca más cálida, es tuya. La competencia nos hará fuertes, el mercado libre de kril y pescado nos hará libres, este es el reino de la Anarcocracia del Hielo!, los pingüinos se movían de lado a lado agitando las alas.

Un lobo marino, de nombre Oñac, levantó la cabeza mientras cientos de focas aplaudían sin parar. Y la pesca, Reivax? Los humanos dejaron un montón de buques pesqueros abandonados. Quién los usará?, quién se asegurará que no se contamine el mar?.
Reivax sonrió, o hizo el gesto que se asemejaba a una sonrisa en un pingüino. Nadie, Oñac! gritó con vehemencia agitando las alas, acaso no confías en ti mismo? Si el mar se contamina, es una oportunidad. Quienes sean más eficientes cazando y almacenando, sobrevivirán. Los débiles… digamos, aprenderán a ser más eficientes o dejarán el espacio para los aptos.

Una de las ballenas azules, emergió parcialmente, haciendo un soplido que resonó como un trueno amortiguado. Qué hay de las estructuras?, resonó en la mente de todos, una telepatía acuática. Las viejas estructuras de hielo, los glaciares. Los humanos temían que el recalentamiento global los derritiera. Quién detendrá el deshielo si todos somos libres de hacer, sin mirar al otro?.
Ahí Reivax se encogió de hombros, y arremetió con crudeza. Propaganda y miedo infundado. El pico se le llenaba de odio y no paraba de mover las alas, los humanos querían controlarnos con la mentira de la crisis climática. El hielo es un bien común, dicen, que debe ser protegido por un Estado, pero no!. El hielo es un bien privado, en tanto que es un lugar para vivir. Y no tiene dueño, el deshielo, si sucede, digamos... será simplemente una reorganización espontánea del ecosistema por la evolución y el libre albedrío geológico, por así decirlo. Los ojos rojizos se le llenaban de furia.

La ballena azul no quedó conforme pero calló haciendo caso a una franca ballena que le dijo, ya migraremos, ya nos adaptaremos, mientras tanto se sentían los gritos de Reivax que decía, la libertad no es negociable por la seguridad climática. Otro pingüino, más anciano, habló interrumpiendo el vehemente discurso. El último reporte que dejaron los humanos hablaba que el deshielo ya es acelerado por la contaminación y el agua subirá de forma peligrosa. Reivax, alzando el pico con arrogancia, le contestó. Ese es el pensamiento del esclavo al que programaron. Si el nivel del mar sube… qué es eso sino un desafío?, o sea nos hará construir mejores nidos, buscar nuevos territorios. El riesgo es el precio de la prosperidad soberana. No necesitamos planificadores centrales que nos digan dónde poner el huevo. Cada uno elegirá la altura y la seguridad de su nido, por su cuenta y riesgo.

La multitud de pingüinos, simple y hambrienta de una libertad que confundían con la ausencia del esfuerzo, estalló en un griterío de apoyo, libertad!, libertad!. Las ballenas se sumergieron, sus pensamientos de escepticismo ahora estaban encerrados en una inmensidad azul. Sabían que el océano se convertiría en un lugar de explotación sin restricciones. Los lobos marinos, más pragmáticos, comenzaron a dispersarse con la necesidad de una pesca inmediata superando la preocupación por una inundación futura.

Reivax se irguió triunfante sobre el trineo, gozando el aplauso de las focas. En la estación, una tubería oxidada goteaba petróleo creando una mancha iridiscente sobre el hielo, un pequeño y tóxico emblema de la nueva, gloriosa y libre anarcocracia del hielo. 

Mientras tanto el deshielo, invisible, silencioso e imparable, ya había comenzado su trabajo, mucho antes de que se votara por la libertad. Pero Reivax ya no estaba en el negocio de escuchar, él estaba en el negocio de convencer.