El Capitán Starfunkel abandonó la Tierra en un cohete hecho de papel y cinta adhesiva, iba en busca de un planeta alejado del sistema solar del que casi sin querer descubrió su existencia al escudriñar con su telescopio de cartón el cielo estrellado de una noche en la costa argentina. Las historias son su bitácora, escrita en papel de colores, arrojados al espacio en botellitas de refresco, vayamos trás sus pasos.
LA RANA Y EL ESCORPIÓN
EL DIA QUE NO HUBO MÁS PALABRAS
Aquella mañana no fue normal. Algo tremendo había pasado. Un eclipse, un cometa, un escape químico, la contaminación, un experimento secreto del gobierno, o quizá solo magia. Nunca supimos la causa, pero algo hizo que la Tierra se callara. Fue como si el lenguaje se hubiese esfumado, un castigo que no entendíamos.
La prueba más clara estaba en los libros. Los encargados de las bibliotecas vieron, con un escalofrío, que las páginas de todos los volúmenes estaban vacíos. Las letras impresas, manuscritas, los jeroglíficos antiguos, todo se había deshecho, dejando solo hojas de papel en blanco.
Las biromes y lápices seguían funcionando, pero no servían para escribir. Solo hacían dibujos sin sentido, garabatos bonitos pero sin significado. La palabra había perdido su conexión con la realidad. En la radio, la música sonaba, pura melodía y ritmo, pero las canciones no tenían letra, solo eran un ruido organizado. Las señales de la calle y los carteles de negocios no eran más que chapas de colores, maderas o cartones. El mundo se convirtió en una hermosa fachada sin significado.
Al principio, el lenguaje de señas, los gestos más instintivos se volvieron el nuevo modo de hablar. Pero no fue suficiente. Mucha gente no entendía y muchos otros, por orgullo o simple terquedad, no querían aprender, asi siempre ha sido la historia de la humanidad.
Esto no era el fin del mundo sino un reinicio, obligados a vivir sin símbolos ni lenguaje compartido lo único que nos quedaba era la memoria. La memoria de los poemas, de los chistes, de las historias que ya no podíamos leer ni contar y que solo existían dentro de nuestra cabeza.
Los pocos que pensaban mucho creían que esto era una purificación. Un ser divino, cansado de nuestras mentiras y de nuestro mal uso de las palabras, nos había quitado la herramienta. Cada persona era ahora una biblioteca ardiente, pero solo de uso personal e incomunicable.
Una pregunta flotaba en el aire, podríamos, solo con gestos y recuerdos individuales volver a construir el lenguaje?. Mientras tanto, el susurro silencioso de nuestra mente quizá nos vuelva completamente locos.
LA ANARCOCRACIA DEL HIELO
EL ALFABETO DE LOS MUERTOS
EL LATIDO DE LA TIERRA
El viejo Ruben había desarrollado un truco, o eso le gustaba pensar mientras se sentaba en un banco en la Plaza de Mayo, para observar a los turistas fotografiar la Casa Rosada. La clave, le había revelado una vez a su amigo Pedro, es la resonancia Schumann.
No era un truco de magia, ni una fórmula arcana creada por un alquimista, era simplemente escuchar. El viejo sintonizaba el latido de la Tierra, Pedro no entendía de que hablaba pero le seguía la corriente. Ruben le explicaba, ese es el zumbido que solo nosotros, los que hemos vivido lo suficiente, podemos oír, los más jóvenes están demasiado ocupados con sus teléfonos para notarlo.
Y era cierto. A medida que se extendía el rumor que los días duraban tan solo 16 horas, la ciudad se volvía una espiral de frenesí. La gente corría, las alarmas sonaban a las tres de la madrugada y las luces del subterráneo nunca se apagaban. La juventud estaba perdida en un mar de tareas ininterrumpidas, sus rostros iluminados por las pantallas y sus mentes atrapadas en un bucle de ansiedad perpetua.
Pero no el anciano. Él, de alguna forma, había escapado del engranaje del tiempo. Al sintonizar la frecuencia terrestre lograba que el mundo a su alrededor se ralentizara. Esas 16 horas volvían a sentirse como 24. Los atardeceres eran largos y dorados, las mañanas frescas y tranquilas. Mientras el resto de la ciudad se ahogaba en un caos, él se sentaba en el parque, disfrutaba de un mate, una conversación o simplemente del silencio.
El joven nieto de Ruben, lo visitó un día. Tenía ojeras, su camisa estaba arrugada y sus ojos, cansados. —Abuelo, ¿cómo puedes con esto? Estoy exhausto. Los días se sienten tan cortos—, le dijo, casi sin aliento.
Ruben sonrió, era una sonrisa de vejez, llena de arrugas que eran simplemente el mapa de los años. —No son cortos, hijo. Simplemente tienes que saber cómo estirarlos—. Tocó la mano del joven. —Escucha. Más allá del ruido de los autos y la gente, ¿no oyes algo?—.
El joven aguzó el oído, se sentía confundido. No oía nada. Pero entonces, mientras Ruben cerraba los ojos, sintió un leve zumbido. No en el aire, sino en la tierra, subiendo por el cemento del banco, a través de la mano de su abuelo y hasta la suya.
Era un murmullo grave y constante, era el latido del planeta. Y por un instante, el frenesí de Buenos Aires pareció desvanecerse ya que en esa pausa, las 16 horas se sintieron suficientes.