Desde niño, sujetó el don con la discreción de quien sabe que lo desconocido despierta el escarnio y la duda, sus compañeros, cuando detectaron su inusual exactitud, lo ridiculizaron, lo señalaron como embaucador o loco. Por eso, Dominic lo ocultó, lo desdobló en un juego para él solo, una especie de matemática invisible que le permitía también deducir, con un simple gesto o una mínima pregunta, la edad de las personas. Jamás falló, y a veces apostaba con la certeza de un destino grabado en sus pupilas. A fin de cuentas, creía, esa precisión era un arte, un regalo, una manera sutil de leer el mundo.
Pero como en toda historia trágica que la memoria pudiera reconstruir, el don no permaneció inocente. Pasó, para Dominic, de ser pura percepción a devenir en un espejo inquietante. Lentamente, acaso sin reparar, comenzó a ver más allá de la superficie vana del reloj. El tiempo, comprendió, no solo fluye también se congela, se detiene, se quiebra. Y esos momentos detenidos señalaban algo sublime y terrible, la nada misma. Dominic discernió que en ciertos individuos el tiempo cesaba, suspendido en un invisible péndulo que marcaba el instante exacto en que debían expirar. Una certeza inapelable, una profecía grabada en un vasto e ineludible mapa.
El impacto de esa visión fue inmediato y devastador. Descubrir que podía ver la cuenta regresiva de otros, que conocía el cercano ocaso de vidas que aún caminaban, que podía percibir el silencio final antes de la última palabra, lo llevó a un aislamiento que solo alguien que ha mirado al abismo podría soportar. En algún momento abandonó pretensiones, amigos, futuro, la existencia misma que ahora le parecía un laberinto sin salida. Su don, convertido en maldición, había hecho de su tiempo una geografía trágica.
Cincuenta y ocho años, siete meses, nueve días, nueve horas y doce minutos después —tantos como pudo determinar sin mirar ni un solo instrumento—, Dominic Perrault estaba ahora solo, en una esquina que le era familiar por haberla atravesado desde la infancia sin pararse jamás a descifrarla. Pero esta vez no cruzaba, estaba quieto, esperando el flujo cristalino de la hora fatal que sería también su epifanía final. Parado allí, sintiendo a cada instante la densidad del tiempo, como si el mundo entero se cincelara apenas un segundo antes de detenerse, comprendió que su don se había vuelto un espejo que lo reflejaba hacia un destino ignoto.
En el breve intervalo de aquel equinoccio urbano, mientras el reloj interior contaba segundos invisibles, Dominic percibía otra cosa, un tiempo que ya no era su destino sino un espacio abierto, oscuro pero infinito. Un tiempo que desafiaba la lógica, que se extendía más allá de la concepción mortal.
No hubo aviso, ni trompetas, ni epifanía heroica. Un leve cambio en el aire —un suspiro, un temblor en la luz— fue el preludio del desenlace. Dominic sintió entonces, en esa última fracción de tiempo, que no era él quien miraba al tiempo, sino el tiempo mismo que lo había elegido para sus secretos, y que, finalmente, entendía un poco más allá, en el abismo y en el silencio, la paradoja de la eternidad. Porque tal vez Dominic no medía las horas las habitaba y el tiempo que para otros es línea y eternidad, para él fue siempre un laberinto, cuya salida esconde un instante que es a la vez principio y fin.