He de narrar un suceso cuyo enigma no cesa de acosarme, como un laberinto cuyo centro se oculta en su propio infinito. En los pliegues de esta extraña historia yace un hombre a quien llamaré, por la conveniencia del lector, Adrián Beltrán. Su rostro, que parecía deslizarse de la memoria como el agua entre los dedos, cobró una densidad inusitada en las sombras de un don que era a un tiempo milagro y amenaza.
Beltrán afirmó un día que había comenzado a soñar imágenes con una nitidez tal que lo despertaban con la impresión de haberlas vivido. Lo extraordinario, sin embargo, no era aquello, sino su capacidad—por métodos que nunca reveló y quizá nunca comprendió—de capturar dichas imágenes en su teléfono móvil al despertar. La pantalla luminosa revelaba fotografías que, según confesó él mismo, surgían únicamente de los sueños.
Estas imágenes, de un lirismo perturbador, parecían denunciar las grietas de la realidad misma. Beltrán retrató a un hombre que envejecía en segundos mientras sostenía un reloj derretido; a una ciudad anegada por un océano que se alzaba desde las alcantarillas; a una mujer con un rostro múltiple que lloraba lágrimas de espejos. No eran escenas oníricas comunes; había en ellas un orden extraño, como si obedecieran a una lógica superior, más próxima a lo divino que a lo humano.
Las publicó en las redes sociales y, sin preámbulo, el mundo quedó prendado. Se habló de arte, de profecía, de un don inusitado que delataba las miserias y glorias de la existencia. Algunos decían que Beltrán había descifrado el idioma secreto de los sueños. Otros, más recelosos, lo tildaron de charlatán o de una especie de médium que traficaba con lo irreal.
Lo que siguió desbordó toda lógica y ahonda aún mi inquietud. Las personas que contemplaban las fotos de Beltrán comenzaron, de manera inexplicable, a soñarlo. Su figura, siempre envuelta en una penumbra velada, se tornaba ubicua en los sueños de aquellos que lo miraban; allí era testigo silencioso o a veces protagonista de escenas que el soñador no comprendía del todo pero que sentía propias, como si fueran memorias arrebatadas a su futuro.
Me vi yo mismo atrapado en este desconcierto. Una noche soñé con Beltrán. Lo vi frente a un espejo que no reflejaba su rostro, sino un abismo de sombras que latía y parecía observarme a mí, como si el espejo hubiera usurpado su lugar. En el sueño, intenté hablar, pero de mi boca surgieron palabras que no reconocí, palabras que se alzaban como las ruinas de una lengua antigua.
Al despertar, comprendí algo que hasta ahora me llena de recelo. Beltrán no era ya un hombre; era un símbolo, una fuerza que crecía y se expandía más allá de sí mismo. Había algo profundamente inhumano en ello, algo que escapaba a los parámetros de lo comprensible. Su don, oscuro e inquietante, parecía un umbral hacia lo absoluto, hacia aquello que no podemos mirar sin perdernos.
Beltrán desapareció un día sin dejar rastro. Sus fotos, que circulan aún como reliquias de un santo apócrifo, han dejado de ser imágenes: son fragmentos de un misterio que cada uno interpreta, pero que ninguno logra abarcar. Me pregunto si volveré a soñarlo y, si lo hago, si al despertar sabré aún quién soy yo y quién es él.
Porque quizás Beltrán no fue sino el sueño de otro, y nosotros, al mirarlo, no hemos hecho más que soñarnos a nosotros mismos.