El hombre, reflexionaba sobre el acto simple y aterrador de cruzar la calle. Era acaso una metáfora del ser?, en cada paso, la disyuntiva se erguía en avanzar hacia lo desconocido o retroceder al refugio engañoso de lo ya vivido. Ese umbral entre ambas aceras, intuía el abismo de la existencia, lo infinito del tiempo y un laberinto de las decisiones.
Observó y pensó, una hoja víctima del otoño, parecía el fragmento olvidado de una historia que nadie se atrevió a terminar. Somos esa hoja, llevados por fuerzas invisibles, creyéndonos libres mientras danzamos sobre un tablero que no comprendemos.
Tal vez cruzar la calle era en sí todo un acto de fe. Es que en la breve duración del semáforo todo se condensaba, el universo, los pasos del hombre y la paradoja de ser y no ser. Llegó a sospechar que el otro lado de la calle no fuera un lugar, sino un espejo que lo esperaba para mostrarle su reflejo, aún habiéndo cruzado allí infinidad de veces.
Finalmente el hombre no cruzó. Esa esquina con su simple eternidad, lo reclamaba, sin embargo él permaneció allí, testigo y prisionero de su propio pensamiento, mientras el fluir incesante de Buenos Aires se desplegaba indiferente a su alrededor. Quien sabe, quizás la ciudad y el universo mismo eran también esquinas, donde lo infinito se encuentra con lo efímero de cruzar la calle.