Nadie entraba a la tienda ese domingo. Afuera, el mundo hervía de incredulidad. Desde temprano, la radio repetía el mismo boletín: “Las Naciones Unidas confirman que la Tierra es plana.” Como quien escucha una broma de mal gusto, algunos rompían libros, otros lloraban en silencio, y unos pocos comenzaban a mirar el horizonte con desconfianza.
Pero en el local de antigüedades de la calle Libertad, el silencio se había roto por algo distinto. El vendedor, un hombre mayor con la paciencia que solo el polvo acumulado sobre estanterías de madera puede dar, se detuvo frente al escaparate. El objeto que exhibía, una pequeña urna de vidrio colocada entre sellos de la época colonial y relojes de cuerda sin tic-tac, vibraba levemente como si reaccionara al anuncio.
Dentro, una pequeña maqueta circular representaba lo que parecía una Tierra en miniatura. Había océanos, montañas diminutas, y grupos de seres simiescos que caminaban erguidos, construyendo, peleando, evolucionando. El vendedor se había encariñado con la pieza desde que llegó, décadas atrás, traída por un coleccionista excéntrico.
Al principio pensó que era una obra artística de algún surrealista olvidado. Pero a medida que pasaban los años, la maqueta parecía cobrar vida. No sabía cómo explicarlo, pero en fechas clave de la historia humana, algo cambiaba en ese pequeño mundo. Cuando se construyó el muro de Berlín, una de las ciudades en miniatura se derrumbó. Cuando se transmitió el alunizaje, diminutas criaturas construyeron una torre plateada apuntando al cielo.
Y ahora, ese domingo 23 de agosto de 1970, tras el anuncio que tambaleó las bases del conocimiento humano, el vendedor simplemente comprendió que no estaba viendo una maqueta, estaba viendo su mundo.
Sintió vértigo. Se aferró al mostrador. Los científicos allá afuera gritaban traición, los libros se desintegraban en hogueras, y él sólo podía mirar esa pequeña urna como quien contempla el universo por primera vez.
“Que risa, cuando se den cuenta que además de plana, está en el escaparate de esta tienda…” pensó con amarga dulzura mientras sus ojos brillaban con una mezcla de pavor y ternura. Pero no se atrevió a tocar el vidrio por temor a que se rompiera la ilusión o el mismísimo mundo, porque él sabía que un día, algún ser llegaría a interesarse en tan diminuta colonia de monitos. Y cuando eso pasara, podría no quedar rastro de este mundo, ni de su tienda, ni de su mirada curiosa detrás del vidrio.