LA ANARCOCRACIA DEL HIELO



El viento blanco resoplaba las paredes de la vieja estación polar, una base de investigación abandonada que ahora servía de morada helada. El sol de medianoche se cernía sobre el horizonte, proyectando sombras en el blanco infinito de la Antártida.

Un astuto pingüino emperador de nombre Reivax era el orador. No era el más grande, pero su pico brillaba con la convicción del experto. Estaba subido a un antiguo trineo de carga oxidado, el "Podio de la Razón", según lo había bautizado. Frente a él, se apiñaba una multitud, miles de pingüinos de distintas colonias, focas con miradas escépticas, lobos con bigotes prominentes, más allá, en las aguas cercanas, un par de ballenas azules, inmensas, silenciosas y otras francas, todos escuchando con la atención que brinda conocer las profundidades.

Compatriotas del casquete!, graznó Reivax, su voz se amplificaba por la cámara de resonancia que formaba el hielo. Como lo hicieran nuestros hermanos en su granja de tierra firme, hemos logrado expulsar a los humanos, los que contaminaban con sus máquinas y nos imponían sus cuotas de pesca con esas estúpidas reglas de conservación. Ya no están, se fueron y ahora la estación es nuestra, tenemos la libertad total para gobernar nuestros destinos. 

Bienvenidos al Círculo Antártico Libre, un murmullo de aprobación recorrió a los pingüinos. La expulsión del humano había resultado caótica, era el triunfo de la masa enardecida y la violencia contra unos pocos investigadores y científicos mal pertrechados.

Los viejos sistemas, liderados por el el antiguo líder, el oso Rencrik que, por decisión mía dijo Reivax, ya migró, nos hablaban de regulaciones, repartos equitativos y la tiranía del bien común. Todas mentiras!, gritó Reivax, batiendo sus aletas con inusitada energía. Nosotros creemos en la autopropiedad absoluta. Si has cazado un kril, es tuyo. Si has encontrado una roca más cálida, es tuya. La competencia nos hará fuertes, el mercado libre de kril y pescado nos hará libres, este es el reino de la Anarcocracia del Hielo!, los pingüinos se movían de lado a lado agitando las alas.

Un lobo marino, de nombre Oñac, levantó la cabeza mientras cientos de focas aplaudían sin parar. Y la pesca, Reivax? Los humanos dejaron un montón de buques pesqueros abandonados. Quién los usará?, quién se asegurará que no se contamine el mar?.
Reivax sonrió, o hizo el gesto que se asemejaba a una sonrisa en un pingüino. Nadie, Oñac! gritó con vehemencia agitando las alas, acaso no confías en ti mismo? Si el mar se contamina, es una oportunidad. Quienes sean más eficientes cazando y almacenando, sobrevivirán. Los débiles… digamos, aprenderán a ser más eficientes o dejarán el espacio para los aptos.

Una de las ballenas azules, emergió parcialmente, haciendo un soplido que resonó como un trueno amortiguado. Qué hay de las estructuras?, resonó en la mente de todos, una telepatía acuática. Las viejas estructuras de hielo, los glaciares. Los humanos temían que el recalentamiento global los derritiera. Quién detendrá el deshielo si todos somos libres de hacer, sin mirar al otro?.
Ahí Reivax se encogió de hombros, y arremetió con crudeza. Propaganda y miedo infundado. El pico se le llenaba de odio y no paraba de mover las alas, los humanos querían controlarnos con la mentira de la crisis climática. El hielo es un bien común, dicen, que debe ser protegido por un Estado, pero no!. El hielo es un bien privado, en tanto que es un lugar para vivir. Y no tiene dueño, el deshielo, si sucede, digamos... será simplemente una reorganización espontánea del ecosistema por la evolución y el libre albedrío geológico, por así decirlo. Los ojos rojizos se le llenaban de furia.

La ballena azul no quedó conforme pero calló haciendo caso a una franca ballena que le dijo, ya migraremos, ya nos adaptaremos, mientras tanto se sentían los gritos de Reivax que decía, la libertad no es negociable por la seguridad climática. Otro pingüino, más anciano, habló interrumpiendo el vehemente discurso. El último reporte que dejaron los humanos hablaba que el deshielo ya es acelerado por la contaminación y el agua subirá de forma peligrosa. Reivax, alzando el pico con arrogancia, le contestó. Ese es el pensamiento del esclavo al que programaron. Si el nivel del mar sube… qué es eso sino un desafío?, o sea nos hará construir mejores nidos, buscar nuevos territorios. El riesgo es el precio de la prosperidad soberana. No necesitamos planificadores centrales que nos digan dónde poner el huevo. Cada uno elegirá la altura y la seguridad de su nido, por su cuenta y riesgo.

La multitud de pingüinos, simple y hambrienta de una libertad que confundían con la ausencia del esfuerzo, estalló en un griterío de apoyo, libertad!, libertad!. Las ballenas se sumergieron, sus pensamientos de escepticismo ahora estaban encerrados en una inmensidad azul. Sabían que el océano se convertiría en un lugar de explotación sin restricciones. Los lobos marinos, más pragmáticos, comenzaron a dispersarse con la necesidad de una pesca inmediata superando la preocupación por una inundación futura.

Reivax se irguió triunfante sobre el trineo, gozando el aplauso de las focas. En la estación, una tubería oxidada goteaba petróleo creando una mancha iridiscente sobre el hielo, un pequeño y tóxico emblema de la nueva, gloriosa y libre anarcocracia del hielo. 

Mientras tanto el deshielo, invisible, silencioso e imparable, ya había comenzado su trabajo, mucho antes de que se votara por la libertad. Pero Reivax ya no estaba en el negocio de escuchar, él estaba en el negocio de convencer.