La buena fortuna no le era esquiva y en poco tiempo, gracias a esa suerte y algunas intermediaciones de acomodados vecinos, había cosechado fama de buen profesional.
A Fortunato las noches se le hacían cortas, demasiado cortas y los días largos, muy largos. Los casos que se le presentaban no significaban un reto para su capacidad laboral y pronto, aburrido, necesitaba encontrar una salida a tan aciaga monotonía.
Una mañana, mientras calentaba una taza de café negro bien fuerte y sin azúcar, sonó la campanilla de la puerta, alguien había entrado. Dejó la infusión para después y fue al encuentro de esa persona, era una joven y bella mujer, la más bella que jamás había visto, llamativos ojos oscuros, de tez blanca, cabello negro ondulado, muy largo. Fortunato obnubilado, tan solo atinó a preguntar que deseaba.
La joven, saludo mediante, le consultó si tenía algún trabajo que pudiera hacer y le entregó una modesta hoja de antecedentes laborales, sin dar muchas vueltas, la contrató como secretaria. La química se dió en forma inmediata, el trabajo se tornó entretenido y para Fortunato de esa forma los días comenzaron a acortarse, pero las noches, de repente, se empezaron a hacer más largas, sobre todo las de luna llena, la luz que entraba por la ventana dejaba al descubierto su soledad. Una de esas noches, tras haber cenado, el joven abogado salió a tomar un poco de aire, vió el viejo aljibe y pensó en esa soledad nocturna, entonces dibujó en mente el rostro de la joven.
A la mañana siguiente, ella llegó tarde al trabajo, explicó aunque sin necesidad que había tenido una discusión con sus padres y tras ello decidió abandonar su casa, pero ahora se encontraba desamparada, no tenía donde ir. El joven sin ningún tipo de reparo se ofreció a rentarle una habitación de su hogar, cosa que fue aceptada sin titubeos. A partir de allí, los días y las noches consiguieron equilibrio, el idilio fue corto, en apenas unos meses se comprometieron y así todo el pueblo habló del casamiento. El campanario de la estación sonó fuerte, era hora de partir y ahí estaba Fortunato a minutos de tomar el tren a la ciudad, frente al viejo aljibe, moneda en mano, pensando el deseo de su vida.