En un rincón olvidado del tiempo, un hombre llamado Fortunato descubrió que podía despojarse de su piel como un camaleón, adoptando la apariencia de cualquiera que hubiera existido. No era un don; era una maldición que había heredado tras haber hecho un pacto oscuro para cambiar su destino.
Fortunato se convirtió en maestro del engaño, eligiendo cuidadosamente a sus víctimas. Se deslizaba por las calles como un querido maestro de escuela, un anciano amable o el joven abogado de ciudad que había capturado la atención de su próximo objetivo. Cada rostro era una máscara que le permitía acercarse, escuchar sus sueños y temores, antes que la noche los envolviese y lo despojara de humanidad en un ritual silencioso.
Cada vez que cambiaba de rostro, también absorbía fragmentos de la personalidad de su víctima, una amalgama de risas y recuerdos que se entrelazaban con su propia oscuridad. Así, se transformaba en un espejismo de amor y confianza, justo antes de desvanecerse en la penumbra, dejando solo un eco de lo que alguna vez fue.
Sin embargo, Fortunato contaba con un secreto más, podía viajar al pasado. En sus excursiones temporales, regresaba a momentos decisivos en la vida de sus víctimas, alterando sus elecciones, creando caminos que los llevarían a él, como una trampa meticulosamente tejida. Con cada viaje, la historia se reescribía, y su legado de sangre se expandía.
Un día, al regresar a un antiguo pueblo, se encontró cara a cara con su propio reflejo en el pasado, un joven soñador que aún no conocía la sombra que lo aguardaba. Estaba ahí parado frente al aljibe pidiendo un deseo antes de arrojar la moneda y emprender el viaje. En un instante de duda mientras se escuchaba el sonido del campanario de la estación, Fortunato vaciló, sintiendo el peso de cada vida que había arrebatado. Pero el deseo de seguir adelante, de ser más que un monstruo, se desvaneció tan rápido como había aparecido, y en su pecho, un eco distante susurró: “La historia siempre se repite”.
Y así, con un corazón marchito y el alma desgarrada, se adentró en la noche, listo para su próxima transformación, como un espectro que vaga eternamente entre las sombras de su propia creación. La luna, testigo silente de su maldición, iluminaba su camino, mientras el viento susurraba secretos olvidados, augurando el retorno de aquel que, como una sombra, nunca podría escapar de su propia oscuridad.