—¿Por qué te aferras a lo que ya no existe? —preguntó el ser vampiresco, en su voz se escuchaba un eco de tiempos olvidados.
—Porque, a pesar de todo, aún recuerdo el calor del sol en mi piel, la risa de los niños en las calles, la fragancia de las flores en primavera —respondió el hombre con su mirada perdida en los recuerdos.
—¿Y qué son esos recuerdos? Meras ilusiones en un mundo que se consume —replicó la criatura, acercándose al hombre con un brillo hambriento en sus ojos.
—Eran la esencia de la humanidad, un hilo dorado que nos unía. Pero... —su voz se quebró—, un error, un fallo, y todo se desvaneció en un instante. La guerra, la codicia, la locura... todo terminó arrastrándonos a este abismo.
El vampiro sonrió con tristeza, mientras dejaba ver sus colmillos asomándose en un gesto casi humano. —¿Crees que los recuerdos son suficientes para revivir lo que fue? La nostalgia es un veneno dulce. Te consume mientras te aferra a un pasado que ya no volverá.
—No, no lo creo —admitió el hombre, sentía la desazón en su pecho como una piedra—. Pero, ¿qué queda de mí sin ellos? ¿Quién soy, sino un espectro errante que carga solo el peso del apocalipsis?
La criatura lo contempló, ahora con un brillo de comprensión en su mirada.
—Ambos somos sombras de lo que fuimos. Pero en tu fragilidad, hay una chispa de lo que alguna vez fue la humanidad. Quizás, en este desierto de almas, aún exista un rayo de esperanza.
—¿Esperanza? —el hombre rió amargamente—. ¿Qué clase de locura es esa en un mundo que se ha olvidado de la luz?
—Tal vez la locura sea lo único que nos queda —respondió el vampiro, extendiendo su mano—. Únete a mí. Juntos, podemos recordar lo que fue y enfrentar la oscuridad que nos rodea.
El hombre vaciló, sintiendo el eco de un futuro incierto.
—¿Y si el precio es perder lo que queda de mi humanidad?
—Quizás perder lo que queda sea la única forma de encontrar un nuevo camino —susurró la criatura, mientras la luna brillaba, testigo de un pacto entre sombras y recuerdos.