LAS SOMBRAS

En la vasta y sombría urbe, donde las calles se retuercen como serpientes en agonía, mi alma se consume bajo el yugo de una presencia ineludible. Ellas, las silenciosas espectadoras, me acechan bajo la luz del día, implacables, insidiosas. Sus formas, a veces apenas perceptibles, se ciernen sobre mí como un velo de pesadilla que no puedo desgarrar. Solo en los brazos de la oscuridad, en el seno de las tinieblas más profundas, encuentro un efímero consuelo. Allí, donde la luz no osa penetrar, me siento, por un instante, a salvo de sus garras.

Las sombras de la ciudad, largas y temblorosas, se extienden como dedos espectrales, acariciando con frialdad cada rincón de mi mente atormentada. Caminar por esas calles no es sino un baile macabro, una danza grotesca con mis propios terrores, que susurran en mis oídos promesas de desesperación y angustia eterna. Intento refugiarme en el bullicio de la multitud, en el clamor de las almas desprevenidas, pero ellas persisten. Su presencia es un martirio sobre mi propia sombra provocando una ansiedad que no cesa.

Durante el día, su amenaza se oculta tras máscaras de normalidad, tras sonrisas efímeras y miradas que se pierden en el vacío. Pero yo sé, con una certeza que me corroe el alma, que están cerca. Cada reflejo en los escaparates, cada sombra que se agita bajo los árboles, es un recordatorio de su vigilancia constante, de su mirada penetrante que nunca se aparta de mí. La penumbra, ese limbo entre la luz y la oscuridad, se convierte en mi único refugio, un santuario precario donde sus ojos no pueden alcanzarme. Pero incluso allí, en el vientre de la negrura más absoluta, siento su susurro, un murmullo que atraviesa la oscuridad como un cuchillo, advirtiéndome que la luz, esa traicionera aliada, las traerá de vuelta.

Las sombras son mi condena y mi tortura. Me aterran, me persiguen, jamás desisten. Las veo, siempre las veo, allí, en cada esquina, en cada rincón de mi existencia. Y aunque la oscuridad me brinde un respiro, sé que es solo una tregua, un momento de paz antes de que la luz las devuelva a mí, para recordarme que nunca, nunca estaré solo.