Bajé del colectivo en la puerta de una verdulería. Había cuatro personas allí, la verdulera y tres figuras que me resultaron extrañamente idénticas. No le di importancia.
Observando que no venían autos crucé ahí mismo. Hice los veinte metros que me separaban hasta la esquina, y al doblar, vi a una mujer caminando con su mascota. Ella me miró, su rostro era igual al de los otros. Caminé unos pasos más y el portero del edificio también me veía con esa misma cara, no comprendía qué estaba pasando.
Una mujer con un niño me preguntó por Plaza Congreso. Le indiqué la dirección sin mirarla a la cara, pero al ver el rostro del niño, me dió miedo. Era idéntico.
El aire se volvió denso, cargado de una quietud antinatural. Cada rostro, cada gesto, parecía haber sido extraído de un mismo molde, todas máscaras sin alma. Comencé a notar que los colores se volvieron apagados, los sonidos se mezclaron en un zumbido constante y opresivo. Sentí una presión interna, como si mi propia identidad estuviera siendo borrada, reemplazada por esa uniformidad inquietante.
Corrí a la vidriera de un negocio de antigüedades buscando un espejo, pero mis pasos se sintieron pesados. El miedo se transformó en pánico, La mujer con el niño se alejaban, fue entonces que la realidad se rompió, las líneas entre lo real y lo ilusorio ya no existian. Un agudo zumbido se intensificó hasta convertirse en dolor a ambos lados de mi cabeza. Sentí que mis pensamientos se alejaban mientras que la sensación de ser observado se hacía insoportable.
Me rendí, dejé de luchar contra la inmersión, así el último sonido que escuché fue un silencio absoluto, al punto que solo sentía el latido acelerado de mi corazón.
El olor a desinfectante fue lo primero que captó mi conciencia. Mis ojos se abrieron con dificultad al intentar enfocar el techo. Estaba en una habitación blanca donde el silencio era absoluto, un ambiente frío y estéril. Observé la puerta abierta, ésta era de madera pesada, marcada con un número, eso llamó mi atención.
Entonces me di cuenta que no había regresado a casa, que había arribado a este extraño lugar, en el que solo puedes conservar algunos fragmentos del pasado, me sentí atrapado dentro de un cubo, acaso esta era una prisión dentro de mi propia mente?...
Allí me encontraba yo, reemplazando las caras de quienes me rodeaban, cambiándolas por aquella imagen vacía y carente de expresión. Aquella máscara sin alma era mi rostro.